Solo faltaba una semana para Navidad cuando el anciano comerciante, cargado con sus misteriosas cajas, se instaló en el pasillo del metro. Cajas mágicas para personas especiales, informaba el letrero. La primicia atrajo numerosos viandantes que, curiosos, fotografiaban al hombre escuálido de barba blanca y sonrisa desdentada que custodiaba el castillo de paralelepípedos dorados e idénticos. Cuando alguien pedía detalles sobre el contenido de los paquetes, el viejo se limitaba a señalar el cartel:

—Para persona especial —reafirmaba—. Regalo de Navidad.

Tras la novedad del primer día, el anciano y su fortificación de cajas rojas pasaron a formar parte de la decoración navideña, junto a los anuncios de perfume, los belenes y las luces irisadas. Pocas personas se detenían a preguntar. El día antes de Navidad, no sabría decir si el hombre había vendido alguna caja: el castillo parecía ser siempre el mismo. Solidarizada con el viejo, decidí comprarle una caja y regalarle a papá el día de Navidad.

—No abrir antes —me indicó—. Mala suerte si abrir antes.

Asentí, pagué y cogí una caja. La levedad de su peso me sorprendió: juraría que estaba vacía. Agarré otra caja, pero era tan ligera como la anterior. Miré al viejo.

—Para persona especial, regalo de Navidad —se limitó a decir y repuso la caja que me había llevado con otra idéntica.

De camino a casa, moví el paquete a la altura de la oreja pero nada sonó ni se desplazó en el interior. Me sentí tan frustrada que estuve a punto de despellejar el regalo o, directamente, de aventarlo al tacho más cercano, ¡soy tan fácil de engañar! Sin embargo, resistí el impulso: no quería tentar la mala suerte de la caja mágica.

La historia del viejo y su castillo acompañaron al turrón y al cava del postre navideño. En realidad, era una excusa disfrazada de anécdota, vista la aparente vacuidad del regalo que papá recibió con agrado. Observó las figuras doradas sobre el fondo pardo, rompió las cintas rojas, abrió la caja y se asomó a sus entrañas. Pasaron un par de minutos antes de que volviera del interior del envoltorio. Me observó en silencio, sonrió ampliamente y me abrazó con fuerza. “¡Gracias, feliz Navidad!”, me susurró. Cuando nos despegamos, me aventé al interior de la caja: ¡estaba vacía! Incrédula, levanté la mirada. Papá me observaba radiante de felicidad. Volví a examinar el paquete y el detenimiento de la segunda revisión me reveló la magia del regalo, escrita en una de las paredes interiores de la caja:

Estúpido es creer que el regalo está dentro del paquete.
Siempre, siempre, siempre, son las manos que lo entregan.
¡Feliz Navidad!

Un Comentario:

  1. Carles Anducas dice:

    Fantàstic, entrenyable, original, esplèndit i molt adient.
    Un gran regal tant la caixa com el petit relat.
    Moltes gràcies.


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