Tenía cinco años cuando Óscar, el jardinero, me enseñó a nadar. Durante muchos años, la experiencia no me gustó. Solo con el tiempo empecé a encontrarle placer en el asunto, permitiéndome conseguir, además, buena cantidad de plata.

A los cuatro empecé a padecer de asma. Dicen que los niños tienen asma para llamar la atención de sus padres. Abandonado por una madre infiel y un padre alcohólico, el único cuidado al que podía aspirar era al de mi abuela paterna. Sin embargo, el rosario y las tareas de la iglesia ocupaban la mayor parte del tiempo de la vieja, quedándose sin horas para un nieto no deseado. No tuve elección y en búsqueda de cariño, enfermé.

Tras un año de ahogos cada vez más frecuentes, mi abuela —por compasión u obligación moral— me llevó al consultorio médico. El doctor me examinó el pecho y la espalda, me diagnosticó asma y garabateó una pequeña lista de medicamentos.

—Querido Doctor —objetó mi abuela—, este guagüito, ¡Dios lo bendiga!, no tiene donde caer muerto, menos un dólar para tan caros medicamentos. ¿No habrá una solución más… asequible?

—Señora, la medicación es necesaria para la enfermedad del niño, tanto para la prevención como para el alivio de los ataques —recitó el doctor, tras una larga exhalación—. De forma complementaria, puede realizar natación y ejercicios en el agua para abrir los bronquios. Estas actividades beneficiarán en gran modo la salud del muchacho.

Nunca vi los medicamentos, ni volví a visitar el doctor. Mi abuela encontró una casa de verano con piscina, disponible durante la época no veraniega. Además, para su mayor alivio, Óscar, el jardinero, se ofreció a darme clases de forma voluntaria. En mi foro interior, prefería estar enfermo que aprender a nadar.

El primer día de clase lloré toda la mañana. Mis lágrimas endurecieron el corazón de la vieja que, en lugar de apiadarse de mí, me brindó un par de cachetadas.

—Niño desagradecido —refunfuñó—. El jardinero se ofrece para ayudarte y lo único que haces es renegar y montar escándalo, ¡Dios te juzgue!

Ese día, Óscar llegó puntual, incluso antes de la hora acordada. Subí a su bicicleta y pedaleamos hacia la casa vacía: yo con los mofletes colorados, él con sonrisa maléfica. Cuando llegamos a la casa, Óscar me empezó a desnudar mientras me masajeaba el cuerpo. Intenté deshacerme de sus manos, explicándole que sabía hacer eso solo.

—Esto es necesario para que no se te entumezcan los músculos con el ejercicio —argumentó con voz rotunda—. Mira, muchacho, lo mejor para todos es que estés quietito y no hagas tonterías, ¿entendiste?

El tono de voz me paralizó. Inmóvil, sentía sus manos ásperas deslizarse por mi cuerpo. Tenía miedo. Cerré los ojos y empecé a recitar unas frases que mi abuela me había enseñado. Una y otra vez repetía las oraciones en silencio, manteniéndome alejado de la incómoda realidad.

De pronto, todo se volvió violento. Un dolor indescriptible me recorrió la espalda hasta la nuca. Una lágrima recorrió mi mejilla y las piernas me flaquearon, pero no me moví. Apreté los ojos y seguí recitando las frases. Una. Otra vez. Más y más rápido. Las palabras se me mezclaban y el tono se agudizaba. Tras unos minutos, el dolor terminó y Óscar se separó de mí.

Cuando regresamos a la casa, corrí a la falda de mi abuela:

—Abuela, —le conté flojito al oído—, nadar no me gusta. Tampoco me gusta el jardinero ni sus manos ásperas, ¡me ha hecho daño!

—¡Dios te juzgue! —contestó la vieja separando la oreja de mis labios y haciéndome una gran señal de la cruz—. ¡Qué cosas dices de Óscar, él que te está ayudando a sanar tu enfermedad!

Nunca me creyó. Y las clases de natación siguieron. Incluso a veces, algunos amigos de Óscar aparecían en la casa de verano y nadaban conmigo. Por suerte, al cabo de unas semanas apenas me dolía. Cuando llegaba el momento, cerraba los ojos y recitaba aquello que mi abuela, con empeño, me había enseñado: “Padre Nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu nombre…”.

Machala, Ecuador

Fotografía: Museo de Arte Extremo, Cuenca, Ecuador


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