—¿Mamá, Nicolás ha muerto porque no era tu hijo? —La niña observa el cabello de su madre, largo y oscuro. El tintineo de la vajilla se detiene y la mujer se voltea con las manos cubiertas de jabón.

—¿Qué has dicho?

—Decía que Nicolás…

—¿Recién velamos su ropita y ya haces preguntas impertinentes?

La niña sostiene la cuchara con fuerza y remueve los fideos, escondidos en el caldo de gallina. El vaho le calienta las mejillas y le hierve los pensamientos.

—Pero, mamá, Nicolás no era mi hermano, ¿verdad?

—¡Prohibido hablar de Nicolás! —El grito hace temblar los aros de cebolla que nadan en la sopa. La niña los atrapa y olvidando soplar, se quema la lengua.

—Yo sé que Nicolás no era mi hermano porqué una señora te lo dio un día que fuimos a la sierra —susurra y cierra la boca con una cucharada de fideos.

—¿Qué has dicho?

—Nada.

—Entonces a comer y a callar, que es de niña malcriada hablar con la boca llena.

La pequeña da vueltas al caldo y esparce por la cocina el olor a pollo y verduras. Entrecierra los ojos y recuerda el día que conoció a Nicolás.

Era un sábado de junio. Aunque no tenían que ir a la escuela despertaron temprano, subieron al carro de su tío y, provistos de chompas de lana de alpaca, dejaron atrás el calor de la selva. Al contrario de ella, su madre y hermanos siempre se mareaban cuando subían hacia la sierra. Entonces vomitaban y llenaban el carro de un olor nauseabundo. Ella era la encargada de bajar la ventana, airear el ambiente y entregar la bolsa de plástico en el momento crítico.

Tras cinco horas de viaje llegaban a Toldopampa, vaciaban el maletero y ordenaban la mercancía sobre una manta. Era día de mercado. Sus hermanos vendían las frutas que habían traído de la selva: piña Golden de Mazamari, la más dulce de toda la selva; papaya de la chacra, buena para los parásitos; mango gigante, el originario de los pueblos Ashaninkas, y plátano para todos los usos y gustos: bizcocho, seda, manzana, morado y verde. Su madre hablaba con las caseritas y ella preparaba jugo de naranja.

Ese día de finales de junio, una señora se acercó a su madre y conversaron largo rato. De anchas caderas, la mujer vestía varias polleras, una encima la otra, y se cubría la cabeza con un sombrero chiquito y oscuro. En la espalda llevaba amarrado un pañuelo grande de múltiples colores. Una señora de la sierra, común. Y, sin embargo, tenía algo misterioso que provocaba la admiración de la niña. Con la respiración sostenida, la pequeña observaba el movimiento de sus polleras, el bailar de sus trenzas y la inmovilidad del bulto que se ocultaba en el pañuelo de la espalda.

De pronto, ambas mujeres sonrieron y se dieron la mano. La señora volteó para desligarse el pañuelo, alzando el rostro hacia el puesto de frutas. Tenía la nariz chata, los dientes solitarios y los ojos caídos, tristes. Antes de ser descubierta y calificada de impertinente, la pequeña bajó la cabeza y se concentró en el jugo de naranja.

De regreso a casa, la niña descubrió que el pañuelo escondía a Nicolás. Claro que entonces no sabía que era Nicolás, entonces solo vio una cabecita de mejillas quemadas, nariz chata y mocos secos. Asombrada, le puso un dedo debajo la nariz y comprobó que respiraba, débilmente, pero respiraba.

—Mamá…

—¿Qué quieres?

—Nicolás… ¿murió porque no era tu hijo?

—¿Terminaste tu cena?

—Mis hermanos dicen que Nicolás murió porque él no era… —El golpe le hace voltear el rostro con brusquedad. Algunos trozos de fideo vuelan tras el impacto, quedando esparcidos por la cocina.

—Niña malcriada, termina la cena y limpia esto que has ensuciado.

La niña se acaricia la mejilla y observa la mujer con los ojos empequeñecidos. Nicolás murió el lunes. Apenas habían aprendido a quererlo, que se fue. Nunca aprendió a caminar, ni a hablar, ni a reír. Vivió enfermo y murió de pulmonía. Lloraba, sobre todo en las noches y ella era la encargada de hacerlo dormir: le daba el biberón, le balanceaba entre sus brazos y le contaba la verdad al oído.

—Mamá, ¿habrá muerto triste, Nicolás?

La mujer enjuaga los platos con las manos emblanquecidas por el agua. La niña toma otra cucharada, pero la sopa se ha enfriado. El vaho ya no calienta el ambiente con olor a cebolla, zanahoria y pollo. Ahora, la cocina huele a jabón y a agua fría. La niña observa el reflejo deformado que le devuelve la cuchara y se toca la nariz, chata como la de Nicolás.

—Mamá… —susurra y los pensamientos la atormentan—. ¿Yo también voy a morir porque no soy tu hija?

Pangoa, Perú
Inspirado en «Los nadies» de Eduardo Galeano


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